La leyenda de Eneko Tellagorri

Sí es cierto, ni la naturaleza, ni la propia genética adquirida, habían dotado a Eneko Tellagorri de alguno de los encantos que a otros muchachos les sirven para llamar la atención de las chicas o para al menos, merecer más de dos o tres minutos de atención por parte de alguna de ellas; quizás tampoco su dialéctica ni su oratoria, un tanto rudas y desordenadas, lograsen encandilarlas más allá de la clásica atención por pura compasión.

Pero sea como fuere, Eneko Tellagorri había logrado desarrollar, tal vez por instinto de supervivencia o por puro gusto, una habilidad muy especial con la lengua, un poder propio del mismísimo Eros.

  A la edad de diez años, y mientras otros niños de su misma edad jugaban al fútbol o emulaban ser Indiana Jones, Eneko Tellagorri se pasaba horas y horas abstraído en la lectura de unos libros de temática sexual que halló en el desván de su casa.

Allí pasaba sus horas libres, maravillado por todo lo que en ellos descubría y en concreto por el sexo de la mujer, comenzando a confeccionar dibujos, esquemas y análisis en base a lo que leía.

Pero fueron sobre todo, la práctica y la experiencia que le reportaron sus cada vez más habituales escarceos con Ane y Mirentxu Zazpilanda, dos primas, vecinas de la casa en la que vivía, las que más influyeron en el aprendizaje de aquella habilidad.

–Con nosotras vas a saber lo que es bueno chaval –Le había vaticinado Ane el día que sorprendió a Eneko por la espalda mientras él dibujaba una vulva perfecta– ¿Has probado ya alguna, txiki?

  Acto seguido, y antes de que el joven, dos años menor que ella, pudiese responder, se levantó la falda dejando su rasurado sexo a la altura de los atónitos ojos de Eneko.

–No… ¿no usas bragas? –Con la boca semiabierta y sin perder detalle de lo que tenía a escasos diez centímetros de su boca, aquello fue lo único que alcanzó a responder, después, todo ocurriría muy deprisa.

–No, ni Mirentxu, ni yo las usamos. Así está siempre fresco, ¿te llega lo fresco que lo tengo?

Y ocurrió. Cuando Ane adelantó su cadera para acercar su sexo aún más a Eneko, de la boca de éste surgió, como con vida propia y enérgica, su lengua, golpeando con violencia y quedando apoyada contra los despejados labios de la chica, los cuales, ya comenzaban a sentir su propia humedad.

–¡Joder!, ¿Que ostias tienes ahí, chaval?

  Una lengua inusualmente larga, gruesa y dura pero fantásticamente flexible, capaz de moverse como una serpiente, asomaba por la boca de Eneko.

Convulsa y excitada aunque también un poco asustada, Ane se bajo la falda y tras apartarse de Eneko tres pasos, pese a la flojera de piernas que comenzaba a sentir, salió a la carrera de la habitación de Eneko, tropezando en la puerta con el padre de este.

–Egunon Ane. Agur Ane.*

  Eneko, ¿que cojones le has hecho a la chavala?

Esa fue la primera vez. Ane se lo contó a su prima Mirentxu, quien la hizo jurar que nada contaría sobre aquello, mientras la desnudaba delicadamente.

–Será nuestro juguete moldeado a nuestro gusto. Apenas hay hombres en la comarca e incluso tú podrías casarte con él. Su familia tiene tierras y producen el mejor queso de la zona. Yo me conformaría con alguna que otra visita. –Y se besaron.

Así comenzó una relación a tres bandas que hizo posible que tras dejar atrás la pubertad, Eneko Tellagorri fuese ya capaz de hacer estremecer por completo el cuerpo de una mujer con tan solo rozar la punta de su lengua, apenas en medio centímetro cuadrado, sobre el lugar exacto.

Se comentaba en el pueblo, que solo con ella y en una sola noche, Eneko Tellagorri habría conseguido arrancarle siete orgasmos a Bixenta, la joven viuda que habitaba en la casa situada en lo alto de la colina y que los gritos y jadeos de esta, habían podido escucharse incluso desde el pueblo de al lado, Ibaia, situado a dos kilómetros de Gorriaran.

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Los nombres de personas y de lugares que aparecen en este relato son todos ficticios, cualquier semejanza con personas o lugares reales es puta casualidad, de verdad.

*Buenos días Ane. Adiós Ane.

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